miércoles, 5 de octubre de 2011

Cuando la caída tiene fín.

Otra vez estos escalofríos, esta inmunda soledad que me hiela el cuerpo y me recuerda, una vez más que vos no estas acá.  Me ata a una vida cruel y rodeada de miseria. No logro aceptar lo que veo porque no lo quiero, entonces me resisto. Pero me gana y pierdo, como ya hace tiempo. Y comienzo a caer… no puedo parar… caigo… sigo cayendo pero nunca doy el golpe final. Es como uno de esos sueños, raros, que cuando despertas lo haces agobiado, desesperado, fuera de vos mismo  porque fue demasiado real. Pero lamentablemente no es un sueño, esto no tiene retorno a la realidad, porque es ella misma en su máxima pero aterradora simpleza. Todo es real. Entonces sigo cayendo pero no logro jamás estrellarme, es una caída que no tiene fin, un precipicio eterno, que me tiene presa y no me deja huir.  A medida que voy cayendo lo único que puedo ver, para colmo, es la oscuridad. Ni siquiera puedo saber a cuantos metros abajo estoy. Pero de que me serviría saberlo si cuando estaba en la superficie todo era peor que esto. “Hay sol” escuchaba que algunos me decían pero yo no dejaba de ver noches, oscuras y frías, imposibles de sobrellevar. Aseguraban muchísimas cosas más que jamás pude comprobar su existencia. Solo me rodeaba la noche, repito,  fría pero también silenciosa pero por sobre todo oscura, tan poderosa en su labor que ni siquiera el brillo de las estrellas o el resplandor de la luna podía percibir. Por lo menos acá, aunque me aterre, sé que no hay peor que esta inhumana e infinita caída por lo tanto no espero más de lo que veo. Ya nadie me ilusiona ni me dice cosas que no son. Veo lo que hay y me conformo porque al menos ahora tengo la seguridad de que es así. No tendrá fin el abismo, no tendrá límites el caer pero al menos acabará con todo y me dará lo que tanto esperé, mi  muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario